A mis nietos y nietas


Si a vuestro paso habéis dejado caer alguna espina,
regresad, recogedla y en su lugar dejar una rosa.
Vuestra abuela que os quiere tanto...
Isabel Agüera Espejo-Saavedra

martes, 23 de julio de 2013

Mi nieto cumple veinte años


¡Qué felicidad  tenerte dormido en mis brazos!

Mi querido Gonzalo: Llegó el día del veinte aniversario de aquel gran día de tu nacimiento. Nunca te lo he dicho pero escribí  durante bastantes fechas en un Cuaderrno que titulé Diario de una espera. ¡Pues sí!, allí escribía cada día lo que sucedía de importante en el mundo, cuando tú todavía no habías llegado a él, pero quería, con ello, que un día conocieras cómo ya eras presencia en el alma de esta abuela que te soñaba.
Y como si lo oyera, me preguntarás: ¿Y qué pasaba, abuela?
Y yo te contestaré que nada tan importante para nosotros, tu familia, como esperarte, como preparar, al detalle, tu llegada al mundo. Los acontecimientos mundiales, podrás encontrarlos en las hemerotecas, pero aquella ilusionada complicidad de todos emperandóte, solo está escrita en el corazón y en el alma de todos los que te queremos. Eras -aunque con todos y cada uno se han repetido sueños y amores- el primer hijo, el primer sobrino, el primer nieto.
Tu madre, casi una niña, más ilusionada que ninguno, lo tenía todo a punto. La fecha prevista se había cumplido y todos vivíamos pendientes de una llamada que podía producirse en cualquier momento del día o de la noche.  A mí me sorprendió, como siempre, escribiendo y, no por esperada, dejó de sobresaltarme. En un taxis corrí a la Cruz Roja. Allí, toda la familia, a pie de quirófano, se me había adelantado y en silenciosa emoción, te esperaba.
¡Para qué decirte los pensamientos que se cruzaban por mi mente! El primero, tu madre que en aquellos momentos lo pasaba tan mal, pero con  ella, el abuelo Mariano que faltaba desde hacía  dos escasos años y que tan feliz hubiera sido de estar allí esperándote ¡Y claro que sí, que se me agarró un nudo que no podía respirar. El tito ramón, adivinando mis lágrimas, se me acercó y exclamó: ¡Vanga, mamá! ¡Ya mismo tienes aquí a tu nieto!
Y así fue. De pronto, el llanto fuerte de un recién nacido nos enmudeció a todos que, ¡seguro, seguro!, con el mismo nudo que yo, nos faltaban  palabras para expresar nuestra alegría.
Si algún día eres padre, comprenderás qué se seinte cuando, al fin, oyes el llanto de tu nieto, en mi caso, o de cualquier otro niño recién nacido. Es algo inexplicable que a mí personalmente me llena de interrogantes, emociones, reflexiones, etc. etc.
Bueno, después, todo lo que tantas veces te hemos contado, pero hoy quiero  recordarte lo mucho que te quiero y lo mucho que siento cuando cumples ya veinte añazos. Dormiste conmigo, fue testigo de tus primeros balbuceos, de tus primeras sonrisas, de tus primeras palabras, de tus primeros pasos. Te llevé a la guadería, al colegio, estuve presente en todos los momentos importantes de tu vida... En fin, cielo mío, que yo también cumplo esos veinte años de sopresas, alegrías, de vida nueva que me llegó del amor de tus padres y que colmó de felicidad  aquellos años de tanto dolor.

¡Cómo te gustaba mi cajita de música!

Que sigas siendo siempre el hijo bueno, el amigo fiel, el nieto cariñoso, el buen estudiante, el hombre que todos esperamos de ti y que hoy ya despuntas como gran promesa para el mundo que te espera. Ya sabes: siempre adelante y, como las gaviotas, que no te alcancen las tormentas ni las olas por gigantes que sean.
Muchos, muchos besos de esta abuela que vuelve a emocionarse y vuelve a dar gracias a Dios por tenerte.  
               
Fuiste, y lo sigues siendo, un niño alegre, divertido, bueno...

Y sí, yo estaba mal -sé que me lo dirás cuando veas estas fotos-, pero no había superado la muerte del abuelo. Fueron dos años de mucho solor.
 

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